El protector Eduardo Barrios

Cuando pequeño, mi madre me conducía de la mano, me guiaba por todos los caminos. Un día partí a estudiar lejos varios años; y hube de valerme yo solo. Sin embargo, durante aquella separación , señor, aun pensaba yo en mi madre como un niño; mis cartas llamábanla “Mamá”, “Mamacita”, y las suyas me acariciaban, cubrían de besos a su muchuachuelo.

Paso tiempo, otros años pasaron, y la vida tornó a reunirnos. Fue allá en una ciudad del Norte, donde ciertas ambiciones me llevaron en busca de fortuna , y en la cual ella sentíase extranjera entre las gentes y las costumbres.

Entonces, de repente, nos hallamos con que había llegado a un camino por el cual debía conducirla yo a ella. Esa mañana, trémula y dorada, hubo en mi corazón una fiesta bella de orgullo: dirigía yo a mi madre ahora: yo le imponía de cuanto era discreto y conveniente hacer, porque además de no conocer aquella tierra, parecía ignorar la marcha de los tiempos nuevos; yo, el fuerte, la guiaba y ella, la débil, la remisa, entregábase a mis saber y a mi prudencia.

Un dia llega siempre, Señor, en nuestra vida, a partir del cual como empieza el árbol a dar sombras y abrigo a sus raíces, los hijos comenzamos a cobijar a nuestra madre.

En esa mañana trémula y dorada, siempre hay una fiesta en nuestro corazón, bella de orgullo; pero también perdemos el supremo bien de una madre que nos besa, nos protege cuando estamos desarmados. Desde entonces mi viejecita es una criatura que yo conduzco de la mano.

Y ahora no sé, madre, qué dicha vale más, si aquella cuando tú me amparabas porque yo permanecía el más débil, o está en que mi alma pone un brazo alrededor de tus hombros y te lleva como a una hija.

Eduardo Barrios

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